Dec 25, 2006

43 - CUNA O SEPULCRO

Hace mucho tiempo el arte de los pesebres evolucionó desde el folclor sacrificando su autémtico significado, por el gusto exclusivo de lo episódico y de lo sentimental, incluso a veces por lo pueril de quienes lo elaboran.
La erección de los pesebres procede del arte sagrado y constituye la representación tradicional de la Natividad como síntesis teológica expresada en un simbolismo evangéico muy rico.
Los iconos bizantinos tienen una fuerza y una vitalidad espiritual inmensa, no son pintados con bellas modelos como las madonas del arte italiano, no son aquellos pintados con intereses comerciales o por encargo bien pagado; sino con un profundo sentido de fe.
El pintor sagrado (iconógrafo) pasa días y noches en oración y ayunos meditando el Misterio que va a ser representado e invocando la ayuda de Dios, de Jesús, de la Virgen y los santos que son pintados.
Los iconos reciben después una solemne oración de bendición, una consagración que hace presencia real de la persona o misterio, representados.
Recordemos también las enseñanzas de San Juan Pablo II el grande, en último capítulo de la Encíclica sobre la Eucaristía, donde nos habla de un justo derroche de estos elementos del culto cristiano.
En este esfuerzo de adoración del Misterio desde el punto de vista ritual y estético, los cristianos de Occidente y de Oriente, en cierto sentido, se han hecho mutuamente la competencia.
¿Cómo no dar gracias al Señor, en particular, por la contribución que al arte cristiano han dado las grandes obras arquitectónicas y pictóricas de la tradición greco-bizantina y de todo el ámbito geográfico y cultural eslavo?
En Oriente, el arte sagrado ha conservado un estilo altamente intenso del Misterio, impulsando a los artistas a concebir su afán de producir belleza, no sólo como manifestación de su propio genio, sino como auténtico servicio a la fe, yendo mucho más allá de la habilidad técnica, ha sido abrirse con docilidad al soplo (Ruah) del Espíritu de Dios.
El esplendor de la arquitectura y de los mosaicos en Oriente y Occidente cristianos es un patrimonio universal de los creyentes y llevan en sí mismo una esperanza y una prenda, diría, de la deseada plenitud de comunión en la fe y en la celebración.
Esto supone y exige, cómo en la célebre pintura de la Trinidad de Andrea Rublêv, una iglesia profundamente eucarística en la cual la acción de compartir el Misterio de Cristo en el pan partido está como inmersa en la inefable unidad de las Tres Personas Divinas, haciendo de la iglesia misma un icono de la Trinidad. (Eclesia de Eucaristía, Nº 50)
La actividad artística se inicia cuando el hombre se enfrenta a una infinita incomprensión. Estamos acostumbrados a pintar al hombre por fuera y no por dentro.
La liturgia discursiva de occidente y la contemplativa de Oriente son catequéticas como la Voz del Profeta.
La escritura y el dato bíblico son el alimento que da frutos de santidad, pero la iconografía, gracias a la acción que producen los colores, en los creyentes y en los no creyentes, junto con la belleza de las imágenes y el aroma litúrgico, ayuda a entender el Misterio de Cristo en la Encarnación.
En la vida del hombre se encarna el icono que encierra una teología para su espiritualidad, a la luz de la Palabra de Dios.
Toda la Biblia es dibujable, por lo que alguien dijo, “La Biblia es un catecismo en imágenes” (A. Torres F.) de “inmenso vocabulario” (Claudel P.) y también como “Atlas iconográfico” (Chagal M.)
Lo distinto no es rival sino complemento de lo corriente. Los teólogos del icono han representado bajo la forma de un hombre cuyo rostro resplandece más que el sol, al Cristo Resucitado, haciéndonos recordar la voz del Padre que dice: "Este es mi Hijo amado en quien tengo todas mis complacencias..." Mt:17,5.
En la luz de la Transfiguración de las imágenes, el espectador ve que habita el resplandor, como un abrazo por el Espíritu Santo.
Los iconos no son solo imágenes o pinturas, sino según Juan Crisóstomo por el siglo lV, "son las herramientas ante las cuales el creyente postrándose y cerrando los ojos por el poder de la Gracia, pueda percibir a través de las líneas y de los colores el poder de Dios"
La exigencia en el iconógrafo nos es recordada por Teófanes "el griego" según el cual una representación debe elaborarse de acuerdo al tiempo, a la época cultural y a las circunstancias con las que debe mostrar el pintor aquello que representa en sus obras.
En nuestro caso, los evangelios trasmiten según las tradiciones directas, un significado preciso donde el sacerdote debe dar cuenta de lo que traduce cada palabra.
El pintor debe orar para que sus manos pinten a la manera de Lucas, según una antigua tradición, la imagen de María (cuadro que reposa en la Catedral de San Pedro en Roma)
Las desviaciones y las distorsiones causadas por envidias o intenciones que le alejen de la pureza de corazón, serán controladas al mantenerse en justicia y en castidad.
El contenido del icono es una particularidad, como la oración en presencia de Dios, ante la que el oído, la vista, el olfato, el tacto, deberán guardar sin mancha la interpretación del mensaje, que por acción de la Gracia del Espíritu Santo podamos cautivar los sentidos sin suprimir nada de lo mundano, más bien haciendo resplandecer la unidad entre la palabra y la imagen.
Si la predicación del crucificado es locura para la sabiduría del mundo helénico, el icono es locura para el espíritu humano.
Así como la Palabra no puede ser modificada por el sacerdote, en el icono no puede ser modificada o distorsionada por el artista.
En el icono o en la figura a través de lo material se expresa o refleja lo divino, y a la par con el evangelio, que su arquetipo no pertenece a este mundo.
El evangelio entra por el oído y el icono por el ojo.
Amigo artista, con ayuda de Dios, como iconógrafo, trabaja con ahínco en el esfuerzo del don de Dios, por la existencia de la imagen que, como el apócrifo nos relata, no fue hecha por hombre alguno, en el caso del rostro de Cristo enviado por fe al gobernador de Edesa.
Este arte es agradable a Dios ya que logra mostrar los milagros. No puede convertirse en un medio de obtener fortuna como Judas. El arte del icono, es diferente del arte profano de Miguel Angel, Leonardo o Rafael.
En el icono no queda la personalidad del autor, porque concentrado en el mensaje bíblico trasmite el misterio de la encarnación.
El autor nunca firma sus obras, pues esto desplazaría a la representación que viene del Espíritu Santo, sin embargo, en sustitución, el estilo que le es propio, se trasparenta en su obra.
Los antiguos iconógrafos se abstuvieron de imponer las imágenes a las gentes pues eran personas que conocían muy bien las Escrituras, en un gran esfuerzo para mantenerse fieles a la Palabra.
El reproducir una imagen, una figura o una obra que no se sabe interpretar, redunda en un distanciamiento con la palabra escrita.
Los iconos no son fruto simple de la imaginación del autor, sino la representación ideal, al perfeccionar su interpretación con ayuda de los documentos conciliares de la iglesia, en una acción que no es libre de trabajar sin obedecer las reglas del magisterio eclesial.
Es traducir las verdades más altas a la manera con que los monjes pintaron las escenas extraídas de los cantos litúrgicos de su época, para evocar la Presencia Invisible.
Cuando nos adentramos en una iglesia, vemos las paredes, cómo se han ido cubriendo de iconos y de figuras elaboradas con base en la enseñanza apostólica, según los pasos evangélicos y la tradición de los Padres de la Iglesia.
Esto nos recuerda desde el A.T., que según Hb:1,1 "En tiempos antiguos Dios habló a nuestros antepasados muchas veces y de muchas maneras.....", hoy mediante la escritura y los iconos nos sigue comunicando cuánto nos ama, con palabras y con los colores de la imagen trasmitidos por las mega-comunicaciones, para desvelar el misterio del fundamento del icono a manera de encarnación.
Dios carece de cuerpo y de rostro por su naturaleza divina, pero se ha querido hacer visible en su Hijo que, tallado, esculpido o pintado se interpreta con el rostro humano iluminado y bello.
Este no se trata de un simple valor artístico o didáctico, sino de un valor en nombre de Dios y de los santos.
La Imagen Trinitaria de la Concepción de Cristo va incorporar la representación de la propia figura de Dios Padre bendiciendo la escena y de cuya mano salen rayos de luz que marcan la trayectoria de la paloma hasta llegar a la Virgen.
En la Sagrada Escritura el nombre significa lo divino, en la imagen el color delata a los ojos no la expresión de la naturaleza humana sino la firma de lo divino como el Pantocrator o la Teotocos con su gracia propia.
La iconografía es la noción de un elemento excepcional de la vida religiosa, civil o pública.
Palabra e imagen son una atmósfera inseparable que involucra cuerpo, psiquis, corazón y espíritu (pneuma), donde el hombre vive a la vez aquí y allá, en lo trascendente que anhela la purificación del espíritu.
En la iconografía se vive la Crucifixión y el Reino de Dios, donde respira el espíritu y la exégesis aplicada a la liturgia.
Allí la contemplación alimenta la experiencia del hombre en el Espíritu Santo, el aire se enriquece con el calor de un abrazo cuya iniciativa no es del hombre sino de la iglesia de Cristo, en una categoría pneumatocéntrica.
Tras el icono se esconde la presencia invisible de Dios.
En el pesebre, el Nacimiento betlemita y la Resurrección jerosolimitana, ambos se abrazan y el Kerigma, que ha saltado de boca en boca viajando en la mochila del evangelizador, alecciona de fuera hacia adentro, cuando la Teofanía está entreverada en el paisaje iconográfico.
La palabra se enseña y se da a conocer con el icono y con el lirismo como acceso a la Presencia de Dios, a través de los sentidos donde el Kerigma evangeliza.
La liturgia como los iconos hacen que “la voz de Moisés” nos suene familiar en el amor de Dios.
Pretender la exégesis subyacente en el Jesús Histórico y en el Cristo de la Fe manifestados en los signos y en la expresión de los iconos, nos hace recordar al Eclesiastés donde hay tiempo para cada momento y cada situación.
El tiempo para reconocer la belleza de esa misericordia teológica discursiva y contemplativa nos permite poder vivir los dos tiempos a manera de umbral, entre el ayer y el hoy.
La liturgia es mistagógica al ir descubriendo la presencia de Dios, pero los iconos hacen ver, cómo la hija de Jairo no está muerta, sino dormida.
Gracias a las palabras del evangelio y a la belleza de las imágenes, la liturgia de la fe nos impulsa hacia la espiritualidad y no al simple conocimiento.
El icono no pretende representar un suceso ya pasado, sino invitar al observador a que tome parte en el acontecimiento.
Amar a Dios nos hace teólogos natos, pero mediante el icono ponemos en práctica la enseñanza de Jesús.
En el icono se encuentra la liturgia para vivir de la forma como Dios se manifiesta al hombre y a su entorno de manera radial, sintiendo que estamos cerca de El y de nuestros hermanos.
Hoy sospechamos que algo tiene que ver el Nacimiento de Jesús, con los más profundos anhelos y esperanzas humanas.
El espectacular brillo prestado del bullicio navideño refleja el anhelo de la venida de algo totalmente nuevo, es un destello de luz que ha comenzado a brillar con la Encarnación de Dios.
Una reflexión bajo lo mítico de nuestra fe nos recuerda el Credo: “Bajó del cielo”, "Se encarnó en María Virgen” y “Se hizo hombre”.
El icono de la Natividad de la Madre de Dios, viene desde muy temprano en las comunidades cristianas, originado en los escritos apócrifos que evolucionaron a través de las tradiciones apostólicas, patrísticas y apologéticas, produce “Vida de María” atribuida a Máximo el Confesor muerto en el 662 d.C.
En Inglaterra en 1977 se reunieron siete teólogos para estudiar un tema denominado: “The Mit. Of God Incarnate”, llegando a concluir que la necesidad de esta investigación se deriva de un conocimiento más exacto de los orígenes del cristianismo, donde se incluye que “Jesús fue hombre” (Hch:2,72) al ser delegado por Dios, siendo, la Encarnación una expresión mítica de la verdad.
R. Bultmann dice que es una expresión simbólica en que se desmitifica la escritura.
Adolf Von Harnack protesta ante estas tesis, ya que de un solo golpe de magia se convierte a Cristo en “dios sol”.
Conceptúa la necesidad de relacionar el mundo simbólico de la Iglesia Primitiva, con el mundo de las creencias judías del Antiguo Testamento, cuyo lenguaje imaginario, metafórico simbólico y poético, se transforma en el poder estar siempre más cerca de Dios.
Es una equivocación creer que nosotros podemos hablar sin imágenes ni metáforas.
C.S. Lewis (1898 a 1963) decía los mitos despiertan un ansia en el lector por algo que está más allá de su campo de acción.
Ellos producen catarsis, conmoción e iluminación haciendo que la conciencia se amplíe permitiendo que nos trascendamos a sí mismos.
La relación entre mito e historia cristiana es la diferencia de un acontecimiento real por una parte, y, sus sueños y deseos difuminados precisamente de este mismo acontecimiento por otra.
No tenemos que avergonzarnos del brillo mítico que afecta a nuestra teología.
El arte ha jalonado el camino del cristianismo en los últimos dos milenios y es saludable que se reanude la fecunda alianza entre éste y la Iglesia.
Al saborear la liturgia terrenal pregustamos y participamos de la liturgia celestial. En la creación se revela más el hombre como imagen de Dios.
En el arte hay dos formas: el de formarse así mismo y el de transformar la materia en lenguaje visual.
Los hagiógrafos y los iconógrafos desde el Antiguo Testamento asiático y el Nuevo Testamento, en su recorrido por el occidente, van confeccionando una perfecta herramienta alrededor del Emanuel “Dios con nosotros”.
La letra es un icono de la palabra. El artista expresa la santidad y la divinidad con palabras y con pinturas en los libros y sobre las tablas.
La Encarnación en el lenguaje de los iconos es diferente a las representaciones realistas navideñas del arte occidental que afectan más nuestros sentimientos.
Los iconos orientales de navidad tienen una eficacia misteriosa y cultual pues no aclaran lo que significa la imagen, sino que dejan hablar su propio lenguaje histórico y cultural, especialmente a través de los textos litúrgicos, alrededor del misterio de la Encarnación de Dios en un idioma intuitivo de la expresión simbólica.
La imagen tiene una utilidad pedagógica cuando no depende únicamente de la fantasía del artista; siendo una representación y no una presentación. Por tanto, en el arte su función es educadora sin que la imagen sea habitada por virtud alguna.
El arte del icono depende de las escrituras: San Pablo dice “las cosas visibles pasan” y San Ignacio de Antioquía afirmaba “Nada de lo que es visible es bueno
Abandonando toda influencia teológica, la creación artística se debe a la celebración de lo “humano demasiado humano”.
Para Juan Nacianceno la imagen es la Biblia de los analfabetos (teológicos y religiosos).
El icono es para los analfabetos lo que la Biblia es para las personas instruidas.
La palabra es al oído, lo que el icono es a la vista en la dimensión de lo sagrado y de lo divino.
El Papa Gregorio Vl decía: "La imagen es la escritura de los iletrados para enseñar la doctrina de la fe", siendo esto, lo que entendieron los franciscanos.
Cuando se habla a la gente, sólo se escucha, cuando se narra con escenas la gente ve y escucha a la vez.
En las liturgias de Oriente, la Palabra y el Icono se complementan como parte de la celebración y medio de unirse a Dios.
La imagen ocupa un puesto fundamental en la Iglesia Ortodoxa de Oriente. Bizancio rechazó la herencia grecorromana.
Así los frescos y los mosaicos crean un ambiente de luz donde los rostros resplandecen y los iconos adquieren un papel fundamentalmente litúrgico.
Allí el culto a las imágenes encarna el triunfo de la ortodoxia.
La imagen no es una ilustración sino una teosofía especulativa o conocimiento profundo de la divinidad.
Es una teoptía o visión fundamentada en el conocimiento de lo divino, es la visión de lo invisible.
El icono nos muestra la naturaleza ontológica de lo real más que lo real mismo, de lo finito abierto sobre lo infinito, de lo visible de lo invisible.
En esta perspectiva, el icono es expresión de la Buena Nueva como los Evangelios Escritos. La imagen es crística y cristocéntrica, figurativa pero no naturalística.
En oriente, el arte manifiesta la santidad develada por el icono, mientras que en occidente el arte ilustra la hagiografía sin revelarla; según la Enciclopedia de SpettacoloEl pesebre es la representación plástica tridimensional del nacimiento de Jesús
Finalmente la reflexión sobre el icono navideño, donde el esplendor del misterio brilla muchas veces con más inmediatez en la imagen del artista, que en la palabra del teólogo, demuestra que juntos deben ser complementarios.
La Iglesia necesita, en particular, de aquellos que sepan realizar todo esto en el ámbito literario y figurativo, sirviéndose de las infinitas posibilidades de las imágenes y de sus connotaciones simbólicas.
Cristo mismo ha utilizado abundantemente las imágenes en su predicación, en plena coherencia con la decisión de ser El mismo, en la Encarnación, icono del Dios invisible.
Hay que lograr que el arte se vuelva oración.
El arte, como expresión religiosa en principio, fue luego sacralizado, para, posteriormente pasar en desuso cúltico y convertirse en mercancía de alto valor comercial, sin embargo, no podemos cerrar los ojos a una realidad, que demuestra una tradición de la fe popular de tal magnitud que ha pasado al cine y a la televisión como medio masificado de comunicación.
Bibliografía:
Arte Salvat: Iconografía bizantina.
Botero Alvarez Alvaro: La Iconografía bizantina.
Bravo Saldaña Yolanda: El oro en el arte.
René Guénon René: L'Age d'Homme
Juan Pablo II: Carta a los artistas.
Mihalaret Josef: Los iconos.
Passarelli Gaetano: El icono de la Navidad de la Madre de Dios.
Pérez Higuera Teresa: La Navidad en el arte medieval.
Ratzinger Joseph: Introducción al espíritu de la liturgia.
Zibawi Mahmoud: Los iconos, sentido e historia.

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